Texto inicial del Plan de Operaciones de la Junta Revolucionaria de 1810 atribuido a Mariano Moreno

 

 

 

 

 

 

 

 

Las coincidencias en el Ascenso del ciclo del CONFLICTO

El ascenso del ciclo del CONFLICTO tiene el siguiente dictamen:

Gualichu se saciará infundiendo el Mal en los actos de los hombres. Se complacerá en hacerlos actuar sin piedad con sus semejantes. Quienes hasta ahora han sido hermanos podrán transformarse en enemigos mortales. El fanatismo del Poder no tendrá contemplaciones y buscará imponerse con terror, castigos y muerte

 

De 1810 a 1812 se extiende el primer Ascenso del ciclo del CONFLICTO.  En Francia la fuerza y el fanatismo han creado el Terror que avanza cortando cabezas. Igualdad, Fraternidad y Libertad a toda costa, aún a costa de sí mismas. Quizá todo esto no lo sabía Mariano Moreno al comenzar, muy joven, su viaje hacia el Norte. Después de visitar las minas de Potosí, queda conmovido por la explotación a la que son sometidos los naturales y siente que debe defenderlos de los abusos de sus patrones. Pronto se creará enemistades y deberá regresar. Al llegar a Buenos Aires la noticia de que el rey español es prisionero de los franceses comienza a encender el fuego de sus ideas. Moreno es uno de los hombres que comienza a gestar la incipiente historia argentina. Y muy pronto intentará poner en marcha sus ideas a través de su Plan de Operaciones. Castelli lo acompaña en esas horas decisivas en las que nadie puede dudar. El brazo certero de la Revolución se extiende hasta aniquilar a quienes se le oponen. Liniers es alcanzado y Castelli cumple lo resuelto: el ex virrey es fusilado sin juicio previo. Esta tierra que ha vivido la calma de siglos se sacude ahora día a día con terribles estertores, sabiendo que ya nada será igual. La muerte acechará a estos jóvenes idealistas jacobinos y uno a uno caerán, dejando espacio a otros espíritus más pragmáticos y conservadores.

 

Niños-soldados paraguayos en la Guerra de la Triple Alianza

El segundo Ascenso del CONFLICTO va de 1864 a 1868. En la República del Paraguay el Estado ha tomado las riendas del desarrollo. Durante muchos años, este país ha crecido a resguardo de los conflictos y calamidades que pululan alrededor de sus fronteras. No existe el hambre ni el analfabetismo, circulan los ferrocarriles, funciona el telégrafo y el hierro fluye desde las ardientes fundiciones. La yerba mate, el tabaco, la madera y tantas otras mercancías salen hacia el mundo retornando en sólida moneda que respalda esa evolución sin necesidad de acudir a préstamos. Esos préstamos han sido siempre una de las estrategias que el imperio británico utiliza para dominar el mundo a través de los mares, invadiendo con su trueque y su usura desparejos. Por eso, ha enviado a sus esbirros para que, con gran habilidad y diplomacia, conquisten las mentes y los corazones de aquéllos que creen defender una idea progresista y positiva. Y las tres repúblicas cuyas fronteras rodean la tierra guaraní se han aliado para ser un eficaz instrumento del Imperio. Las pobres provincias argentinas ven cómo el Poder Central se lleva a sus hijos a morir en una nueva guerra entre hermanos, en nombre de falsas ideologías. El presidente Mitre considera que la contienda se ganará con rapidez. Sin embargo, el conflicto se extenderá por más de cuatro años. Todo Paraguay se pone en pie de guerra con hombres, mujeres, ancianos y niños que darán sus vidas para alimentar la desesperada renovación de filas en esa guerra desigual. En Acosta Ñu los soldados del Brasil descubren que luchan contra niños con barbas pintadas. Es tanta su vergüenza que para borrar ese oprobio indigno de guerreros rodean con fuego a miles de niños hasta consumir sus frágiles cuerpos. El caudillo Solano López continuará guiando a sus últimas huestes en ese calvario donde la muerte se enseñorea a cada paso. Y con su último grito de vida morirá el futuro de la heroica Nación Guaraní, la que nunca más podrá ser lo que debió ser. Después las deudas comenzarán a abrumar a los vencedores que, creyendo ser sabios y conocedores de la política, la diplomacia y la guerra, descubrirán demasiado tarde la insensatez de sus decisiones. Llevarán sobre sus hombros la carga de la culpa y de la deuda. Arduo trabajo será para la Historia Oficial borrar cada acto infame de aquel genocidio, pero cuando más se esfuerzan en borrarlo, más fuerte surge desde las sombras de la Historia el Dedo Acusador.

De 1920 a 1922 transcurre el tercer Ascenso del CONFLICTO. Agregada a la miseria y desigualdad social que se observa en todas las grandes ciudades argentinas, en el desolado Sur de la patria, otra aberración jalona el comienzo del siglo veinte. Trabajaban esos peones entre las ovejas, compartiendo el  frío y el hambre, obligados a seguir un monótono e infinito camino de trabajo mal pago hasta el fin de sus vidas. Y un día, comienza la rebeldía y la protesta. Las ideas de la anarquía y la búsqueda de un destino mejor se han sembrado en sus corazones. Es una lucha difícil, pero ya no hay marcha atrás. Desde la gran metrópoli, el presidente Yrigoyen, muy lejos en distancia y en sentimiento, manda a las tropas que deberán poner orden. Al frente de ellas, el general Varela pone mano firme. Y los peones que se salvan de la cruel matanza son arreados como animales, pasando a través de un corredor humano donde reciben toda clase de golpes e insultos, para ser encerrados y repartidos otra vez en las distintas estancias. El militar vuelve triunfante, creyendo haber cumplido con su deber. Dos años más tarde, otro hombre idealista y anarquista también creerá cumplir su deber y le arroja una bomba mortal. 

            

Obreros de la Patagonia apresados por el ejército

Procedimientos contra la población durante la dictadura militar

El cuarto Ascenso del CONFLICTO ocurre entre 1977 y 1979. Durante varias décadas, las siniestras fuerzas causantes de los terribles genocidios en Europa se han mantenido agazapadas y ocultas en estas tierras del Sur. Y, de pronto, comienzan a resurgir sin que casi nadie se dé cuenta. Muchos no percibirán que el hecho de abandonar la democracia significa abrir las puertas de ese mundo oscuro. Algunos creen que la casta militar está integrada por seres humanos especiales, incorruptibles y de alta moral, casi como si no tuviesen los clásicos defectos argentinos. Manso y callado, el pueblo delega su poder en los que cree honestos salvadores.  El Triunvirato es recibido con alivio por muchos sectores: ellos son los dueños del poder de las armas en la tierra, el agua y el aire, los machos “alfa” de la raza humana. Después de tantos horrores sufridos en el mundo durante el siglo veinte, nadie augura que en esta tierra ocurrirá un terrible diezmo: uno de cada mil habitantes caerá en una desigual batalla para ser torturado o muerto. Las víctimas no son soldados en una guerra: son ciudadanos, estudiantes, obreros, gremialistas, maestros, actores, escritores, periodistas, sacerdotes, monjas, es decir, un perfecto muestreo de todos los argentinos. Igual que un gigantesco sistema de defensa inmunitario, el Estado comienza a reaccionar para aniquilar a todos los que considera cuerpos extraños. Muchos funcionarios asesinan a distancia y a discreción desde sus burocráticos despachos incorporando esas tareas a una cínica rutina. El mal se esconde en lugares inciertos, donde enfermos de sadismo autorizados por el Estado actúan sobre indefensos cuerpos con el pretexto de “extraer información”. Y millones de argentinos caminarán a diario al lado de esos infiernos, como zombies aletargados, ajenos de esos terribles hechos. Y comenzarán a esgrimir muletillas para tranquilizarse: “algo habrán hecho”, “por algo será”. Algunos combatientes que imaginan lo peor que les pueda suceder, guardan un pasaje rápido a la muerte en una ampolla de cianuro. Para el Poder, cualquiera que no pertenezca al grupo perseguidor es un enemigo en potencia. Alguien ha propuesto comenzar el fusilamiento progresivo hasta llegar a ejecutar a los más tímidos. Nadie está a salvo. Los guardianes se han transformado en guardias.