Las coincidencias en la Crisis del ciclo del CONFLICTO

En la Crisis del ciclo del CONFLICTO el dictamen es:

Gualichu no dejará que los hombres se entiendan. Cada uno se sentirá dueño del mundo aunque no podrá ser ni siquiera dueño de sí mismo. La paz sólo llegará después de oscuros pactos o de crueles guerras.

 

La primera Crisis del ciclo del CONFLICTO ocurre entre los años 1820 y  1822. En un oscuro amanecer en Buenos Aires el invierno envuelve la ciudad y en una pobre habitación, la muerte acecha el frágil cuerpo de Manuel Belgrano, el hombre que pocos años antes ha vencido a los españoles en Salta y en Tucumán. A los cincuenta años de edad, su vida se apaga. Un amigo trata de alegrar sus últimas horas tocando el clavicordio. Afuera reina la anarquía total. Dos individuos y el Cabildo se disputan el poder. Diez años de luchas por la libertad culminan así, en este negro día. Pocos amigos y familiares acompañan el ataúd de Belgrano hasta el atrio de Santo Domingo. El simple mármol de un mueble será su lápida y pasará más de un año para que el Gobierno se digne recordarlo.  

Los portugueses avanzan sobre la Banda Oriental y al llegar a Tacuarembó logran destruir toda resistencia. Artigas verá así esfumarse todos sus ideales. Ya no tiene el apoyo de los aliados del litoral. Su revolución era algo más que un cambio de manos en el poder: era la búsqueda de un mundo con más justicia para todos, para los indios, los gauchos y los negros. Partirá al destierro y será un prócer muerto en vida en el Paraguay, sin ninguna influencia en la política de su tierra. Los guaraníes los llamarán Karay Guazú (Gran Señor). Y la muerte le llegará lejos de su patria, en el mismo año que a San Martín. Artigas, para algunos, el más genuino prócer argentino, sólo será recordado como el libertador de la República Oriental del Uruguay, país tapón creado para responder a los intereses de las potencias colonizadoras que buscaban dividir la soberanía en el Río de la Plata. Y así, aquel sueño de Artigas, la Patria Grande del Sur, se tornará cada vez más lejano e imposible: un sueño en el que todos los pueblos liberados del yugo colonial que habitaban este inmenso territorio, desde el Alto Perú hasta Cuyo, desde la tierra colorada hasta el Río de la Plata, pudieran crecer libres y soberanos formando una única y gran nación con todos sus habitantes iguales ante la ley. 

 

Muerte de Manuel Belgrano el 20 de junio de 1820

Indígenas cautivos después de la conquista del Desierto

De 1876 a 1878 se desarrolla la segunda Crisis del CONFLICTO. En el verano de 1876 el cacique Namuncurá quiere anticiparse a la invasión de sus tierras y encara una gran arremetida con sus malones que ya utilizan carabinas y revólveres. Sin embargo, en sucesivos combates las tropas oficiales van repeliendo su accionar y en abril queda ocupada la línea proyectada por Alsina para avanzar sobre el desierto. Los indios pierden muchos caballos y tierras en la que pastaba su ganado. Roca impulsará un plan mucho más decidido y agresivo. Seis mil hombres de caballería bien armados recorren el desierto y apresan a cuatro caciques, exterminando a más de mil indios y tomando tres mil prisioneros. Las nuevas armas automáticas le dan ahora a Roca una enorme ventaja. En Buenos Aires, niños y jóvenes indios son repartidos como sirvientes de las familias pudientes de la ciudad. La inmensa Pampa y todo el Sur quedarán disponibles para ser explotadas.

En estos años surgen nuevos conflictos de límites. A pesar de haber sido vencedora en la guerra contra el Paraguay, Argentina ha perdido, por malos manejos diplomáticos, muchas tierras del Chaco. Al otro lado de los Andes, Chile busca avanzar sobre el Atlántico, queriendo imponer viejas tesis. Y luego, los arbitrajes internacionales le quitan todavía más tierras a la Argentina.

Policías custodiando la casa de Yrigoyen después de haber sido saqueada

La tercera Crisis del CONFLICTO va de 1930 a 1933. Los coletazos de la tremenda explosión financiera y económica que ha sacudido al mundo en 1929 llegan a la República Argentina, donde el desorden de la administración del gobierno de Yrigoyen no puede afrontarlo ni soslayarlo. Así da comienzo este período que será conocido como “La década infame”. Muchos piensan que para enfrentar esta crisis será necesario encontrar nuevos dictadores. Y así, de la angustia que crea la sensación de impotencia frente a la miseria, surge la respuesta encarnada en el fascismo. Por su lado, el socialismo intenta fabricar la esperanza de un mundo mejor. Yrigoyen conduce el país con un estilo muy particular. Para él, los militares representan una institución a la que no le atribuye la categoría de fuerzas armadas del país. Más bien los ve como un grupo de individuos que siempre complotan contra él. Entonces, maneja a su arbitrio todos los ascensos y promociones del ejército de acuerdo a su criterio personal. Por eso, el ejército empezará a considerarlo un enemigo franco y directo. Por fin, en el amanecer del 6 de septiembre de 1930 los militares toman el poder. Yrigoyen envía su renuncia y queda detenido en la isla Martín García. Sobre la calle Brasil, la casa del viejo presidente es desvalijada por la turba. En la vereda, entre otros muebles, aparece un inodoro arrancado de cuajo, grotesco símbolo de la desarticulación y el oprobio afrontado por esa frágil democracia.

 

Alfonlsín y la rebelión de militares en la Semana Santa de 1987

De 1987 a 1989 transcurre la cuarta Crisis del CONFLICTO. Al enjuiciar a los culpables de torturas, muertes y desapariciones en una guerra sucia y oculta, Alfonsín no ha podido evitar distanciarse de la conducción de las fuerzas armadas. Contrariamente a lo que venía sucediendo con frecuencia en la historia argentina, en esta oportunidad la mayoría de la gente no desea que el poder militar se entremezcle con el poder político. Y el día en que algunos militares pintarrajeados se atreven a desafiar otra vez a la Democracia, el pueblo se siente agredido en sus esperanzas y proyectos y va a la plaza a respaldar al presidente electo. Pero Alfonsín y su partido no están a la altura y la capacidad para manejar esa relación con los anteriores dueños del país y entonces decide negociar a espaldas del pueblo. Va a hablar con los rebeldes, regresa y desde el balcón les grita en un tono paternal : “La casa está en orden. Felices Pascuas”. Y les pide que regresen a sus hogares. Esta débil democracia ya se tambalea a cuatro años de su nueva vida, soportando también un gran problema con la economía. El fantasma de la hiperinflación comienza a materializarse. Ha sido muy espectacular e impactante quitarle ceros a la moneda, como aporte simbólico y estético, aunque detrás de eso no exista nada sólido y concreto para respaldarla. Sólo un sueño, una expresión de deseos.  Y la mayoría de los argentinos, con cierta inocencia, confiarán en esa simple ilusión numérica. En su última etapa de gobierno, Alfonsín deberá dejar el poder desordenadamente y muy de prisa.