Las coincidencias en la Crisis del ciclo de TRANSICIÓN

La Crisis del ciclo de TRANSICIÓN tiene el siguiente dictamen:

Gualichu intentará que el Poder se niegue obstinadamente a aceptar la realidad. Pero la paciencia del pueblo se ha agotado y todos pedirán a gritos el cambio.

 

La primera Crisis de la TRANSICIÓN transcurre entre 1834 y 1835.

En vano han sido las advertencias que recibió Facundo Quiroga. La galera avanza con celeridad  y se va metiendo en un paisaje más cerrado y amenazador. De pronto, una voz grita el alto y muchos disparos diezman a los hombres que tripulan el exterior del carruaje. Quiroga se asoma y esgrimiendo su arma grita “!Eh, no maten a un general!” . Una bala le entra por un ojo y su cuerpo queda colgando en la ventana de la galera. Los asesinos ultiman con rapidez al resto de la comitiva, incluido un niño de trece años. La consigna es que no debe quedar ningún testigo vivo. Días más tarde, los viajeros que atraviesan el paraje encontrarán nueve misteriosas cruces que dan testimonio de la masacre.

Ese lunes de Carnaval de 1835, llega a Buenos Aires la noticia del asesinato de Quiroga. Se suspenden las fiestas. Ahora más que nunca, para lograr la paz y la seguridad, será necesario nombrar a Rosas gobernador con la suma del poder público. Todos opinan que él es el único que puede salvar a la nación del caos y de la anarquía. El 13 de abril la ciudad está embanderada. Un retrato gigantesco del Restaurador en su caballo se alza sobre la recova que divide la plaza. Desde la Legislatura hasta el Fuerte, esas tres cuadras están llenas de figuras femeninas asomadas desde las ventanas, las puertas y las azoteas. Después de la jura en la Legislatura, hombres con chaleco rojo han desenganchado los caballos y arrastran con devoción el carruaje de Rosas hasta el fuerte. Así, Rosas comienza con mano firme el ejercicio del poder total otorgado por la voluntad general. 

 

Asesinato de Facundo Quiroga en Barranca Yaco en 1835

Fotografía de combatientes de la Revolución del Parque en 1890

La segunda Crisis de la TRANSICIÓN va de 1890 a 1891. Hoy, casi a fines de este siglo tan convulsionado, la ciudad ha crecido y ha cambiado tanto que ya muy pocos recuerdan aquel mundo aldeano de los tiempos de Rosas el Restaurador. La paciencia de todos tiene un límite, porque aquéllos que todo lo han prometido, no han cumplido. La República Argentina tiene una Constitución, tiene un gobierno que dice ser democrático. La ciudad poco sabe de las penurias de muchos seres olvidados y postergados. En la ciudad, la política es la moneda y la arrogancia, su estilo. Y otra vez las luchas entre hermanos. Con sus boinas blancas y Alem a la cabeza, los revolucionarios intentan deponer al gobierno de Juárez Celman. La lucha se desata alrededor del Parque de Artillería. Idas y venidas, amenazas e intimaciones de rendición circulan sin una visión clara de la situación. En la noche ya han muerto cientos. Pero los dueños del poder no ceden. Al final, todo cambiará para que todo siga igual. Aunque algo se logra. Y de esa  lucha surge afianzada la nueva Unión Cívica, agrupación que con el tiempo logrará llegar al poder.

Manifestantes en un tranvía durante la jornada del 17 de octubre de 1945

La tercera Crisis de la TRANSICIÓN se extiende entre los años 1944 y 1946. La bomba de Hiroshima marcó el final de seis años de guerra y de continuos horrores. Ahora surge una nueva esperanza para el mundo. En la ribera occidental del Río de la Plata, otros vientos soplan al compás del Nuevo Orden. El coronel Perón le ha dicho a los trabajadores que deben seguir luchando por sus derechos y exigir menos horas de trabajo, más días libres y vacaciones en el verano y el derecho a envejecer dignamente. Las palabras del coronel han llegado con claridad al corazón de los que luchan por su sustento, sin otra esperanza que la diaria supervivencia. En los lugares más apartados del campo, muchos han conocido por primera vez la ceremonia de recibir dinero contante y sonante a cambio de su duro trabajo. Pero un día, Perón amanece entre rejas en la isla Martín García, el lugar adonde los sucesivos dueños del Poder acostumbran enviar a sus enemigos molestos. Desde su encierro, Perón le escribe a la mujer que ama, diciéndole que ya cree haber cumplido su misión: los trabajadores ya saben cómo defenderse y promover sus derechos, de manera que ellos dos podrían mudarse a una casita en el campo y comenzar una nueva etapa de sus vidas. Sin embargo, el destino les tiene reservado otro papel. En ese mes de octubre de 1945, la noche del día diecisiete es el comienzo de una etapa trascendental para las masas trabajadoras, que buscan consolidar esos logros incipientes. Sienten que si Perón pierde protagonismo todo volverá a ser igual que antes. Entonces, se vuelcan a las calles y, desde los suburbios del Sur, empujan con su fe y sus voluntades para cruzar el Riachuelo que los separa del centro de la ciudad, a pesar del bloqueo que la policía mantiene en el puente. Llegan a la Plaza de Mayo y reclaman la presencia de Perón. Éste no sabe muy bien qué decirles, pero improvisa el discurso acudiendo a su inspiración. Les promete que desde ese mágico día la vida de ellos comenzará a cambiar y los convence para que retornen a sus casas en paz. A partir de ese instante, la Argentina vivirá diez años muy especiales, donde la riqueza del país se repartirá con más justicia entre los más pobres. Muchas pasiones se enfrentarán en un eterno antagonismo semejante al que había existido en los tiempos de Rosas.

 

 

El Cacerolazo en la noche del 19 de diciembre de 2001

La cuarta Crisis de la TRANSICIÓN transcurre de 2001 a 2003.

Hasta adónde ha debido llegar el abuso sobre este pueblo argentino para que haya decidido salir a la calle. Aunque su agresividad sólo se manifieste golpeando una cacerola. Es un pueblo que todavía no se ha podido sacar de encima la rara sensación de los viejos inmigrantes, llegando desde muy lejos y con el temor de ser rechazados, tratando de no crear problemas, aceptar todo, no discutir, trabajar sin protestar. Ya han pasado dos, tres, cuatro generaciones y todavía persiste ese espíritu, esa idea de no pertenecer, de no ser parte de esta Patria. Porque este habitante de la República Argentina no se siente descendiente de los indígenas, ni de los negros, ni de los criollos que habitaban este suelo hace 150 ó 200 años. Esta última generación aún siente que ha descendido de los barcos. Y en la noche del 19 de diciembre de 2001, luego de tantas calamidades, de sentirse ciudadanos de segunda pertenecientes a un país ocupado, al no poder disponer de su dinero en los bancos, el golpe de protesta de las cacerolas surgirá por todos lados, creciendo minuto a minuto. La clase media, junto con otros sectores de la sociedad que han sufrido el abuso de este gobierno, comenzará a vivir este breve instante de plenitud. Por primera vez, se sabe auténtica protagonista. Esta clase media sabe que puede, sabe que cuando la paciencia llega al límite, se puede reaccionar con un espíritu de comunidad. El presidente De la Rúa debe renunciar. En el camino han quedado decenas de muertos, como tantas otras veces en la lucha del hombre por sus derechos. Después, en una extraña escena surrealista, se sucederán en muy pocos días cinco presidentes, poniendo al descubierto la fragilidad republicana e institucional en la que se debate el país. Finalmente, Duhalde, quien ha sido gobernador de la provincia de Buenos Aires, se dispone a sacar del caos a la Argentina. Surgirá el grito de "que se vayan todos", se establecerán asambleas populares, donde aparecerá un débil intento de crear una democracia directa. Después, el llamado a elecciones lo tiene otra vez como protagonista al riojano Menem que triunfa en la primera vuelta, aunque luego, previendo su derrota, renunciará al ballotage. En la fecha patria del 25 de mayo de 2003, Kirchner asume la presidencia para comenzar un nuevo ciclo de la GESTACIÓN de la castigada Argentina.